La Pianista, de Elfriede Jelinek
- rosario roses
- 2 mar
- 3 Min. de lectura

No sabía si escribir sobre esta novela, si era necesario dejar varios días para que el aire denso que me nublaba la mente y la mirada poco a poco fuera aligerándose... Al final he decidido, como casi siempre, que hay que escribir cuando sientes todavía, cuando el cadáver sigue caliente.
Erika no solo carece de identidad, intimidad y cuerpo, también de motivaciones, está vacía. Sin embargo, la escritura de la novela es densa, está cargada de pensamientos, de violencia, asco, repulsión. Recorrerla genera una sensación constante de falta de escapatoria, se me hacía complicado leer más de 20 páginas el mismo día porque me adentraba en un laberinto desagradable, con setos cargados de basura y miradas escondidas entre matorrales.
La madre está claro que la somete, pero no solo eso, llega un punto en que queremos creer al igual que Erika, que el hombre vendrá a salvarla. Que impondrá otro yugo, una soga al cuello, pero por lo menos será otra soga. Por lo menos lo habrá elegido ella a él, ya que la madre fue quien la eligió a ella, la que eligió su propia existencia. Erika quiere volver a nacer, volver a existir, tabula rasa y para ello no conoce otra manera que la pérdida completa de su identidad y cuerpo bajo la mirada y subordinación hacia otra persona, en este caso su estudiante Klemmer. Cambiar de dueño.
Llega un punto en el cual parece que a pesar de desear ser dominada, de describir con detalle cada punto en una carta y hablar durante horas con su nuevo dueño, a pesar de establecer ella el daño y dolor que recibirá sobre su propio cuerpo,... Es el otro el que tiene la capacidad de decidir. Es Klemmer quien, en última instancia, puede decidir sobre su propia vida, tiene salidas y tiene el poder de escoger hacia donde se dirige, aunque una de las paradas de su recorrido sea ella. Aunque ella suponga detenerse un par de noches antes de estirar las piernas y continuar la marcha.
Porque Erika es eso, una parada, un pasatiempo... Un pasatiempo que sin embargo le hace vislumbrar de lo que es capaz, lo que quiere realmente, lo que anhela. Que no es otra cosa que el poder, el poder sobre los demás y sobre su propio destino. Es interesante que el día que decide propinar una paliza a su profesora de piano, es el mismo día que cambia de música clásica a jazz y que escoge un camino más amplio, de improvisación, acaso no merece él poder jugar con la música? Acaso tiene que someterse a unos acordes y partituras rígidas y anticuadas? ÉL NO.
Y la pega, sí, pero no porque ella se lo pida en una carta, no porque la ame y se someta a sus deseos aunque le duela. No. La pega porque siente repulsión hacia ella, hacia cualquier figura que haya supuesto una autoridad. Y ella lo es, ella tiene talento, ella es su profesora,.... No es como otras mujeres con las que ha estado, chicas jóvenes con las que se sentía superior en muchos sentidos...
Y Erika, debería darme pena, porque sin dueño no existe. Sin una mirada que la juzgue, que la diga hacia dónde debe dirigirse, no se mueve. Pero a pesar de eso, de querer sentir pena y lástima, de saber racionalmente que no es justo,... A pesar de eso o quizás por esto mismo... Siento repulsión, y no pude evitar sentir que se merecía esa paliza.



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