El Mar, el Mar...
- rosario roses
- 20 oct
- 3 Min. de lectura
En esta ocasión voy a hablar de una novela, una novela muy larga. No pensé que fuera capaz de dedicarle el tiempo sin dejarla a medias. Lo cual está de alguna extraña manera relacionado con la idea del propio libro, del amor, del discurso amoroso, de la vida... A veces lo más natural es que las cosas queden así, a medias, sin un final perfecto, un cierre. Pero, ¿Esperamos eso de una novela? ¿Y de un diario?

La autora, Iris Murdoch, nos arroja (iba a decir, nos lleva de la mano, pero no siempre es así) a un diario que se convierte en novela, poco a poco. Porque realmente el diario fue creado para narrar un "acontecimiento" ya sucedido, un acontecimiento amoroso, un delirio. El propio protagonista, Charles Arrowby se da cuenta de que no se trata de un diario, de que solo puede novelizar lo que sucede, y de que incluso de esa manera sigue siendo un juego de espejos... en el capítulo final añade un sinfín de líneas explicando de qué otras posibles maneras podría haberse contado la historia, de cómo al escribirla él, quedaba completamente distorsionada.
Añade la idea del tiempo, se trata de un diario, luego una novela, luego un diario de nuevo... pero no sabemos exactamente cuánto tiempo ha pasado entre un hecho (?) y el siguiente. Hay situaciones, como el encierro de Hartley, que ocupan en nuestra mente meses y de repente descubrimos que solo han pasado dos días. El delirio amoroso lo distorsiona absolutamente todo, incluso el capítulo final de cierre y conclusión (o eso esperamos de él, incluido el propio Charles) acaba enmarañándose de nuevo, la memoria y el recuerdo juegan malas pasadas, estar alejado de la casa junto al mar, del propio mar... Impide comprender las cosas como sucedieron.
¿No es acaso ese el mejor resumen del enamoramiento? ¿Del discurso amoroso en sí? ¿No nos reconocemos al intentar recordar ese periodo de obsesión? Barthes habla de ello refiriéndose a la figura "Somos nuestros propios demonios":
"El lenguaje actúa como bola de nieve, sin ningún pensamiento táctico de
la realidad. Trato de hacerme daño, me expulso a mí mismo de mi paraíso, afanándome en suscitar en mí las imágenes (de celos, de abandono, de humillación) que pueden herirme; y la herida abierta, la mantengo, la alimento con otras imágenes, hasta que otra herida viene a producir un efecto de diversión". Fragmentos de un discurso amoroso (pág. 100)
Nos hacemos daño, nos destruimos y regresamos para volver a destruirnos. Nos hace sufrir pero es un sufrimiento divertido, masoquista. Quién no ha vivido un drama amoroso, no se ha visto desde fuera como un personaje de una novela romántica,... Alimentando esos monstruos con imágenes, al principio sucesos, luego poco a poco con ideas y experiencias que solo han sucedido en nuestra mente, proyectándolas como los objetos de la caverna de Platón.
A medida que avanzan las páginas vemos cómo la persona se convierte en personaje, cómo su propio discurso nos acerca al delirio. Me cuesta entrar, en ocasiones me pierdo y es normal perderse, hubo varios momentos donde la lectura me parecía desagradable y pesada. Eran una maraña de pensamientos que se repetían de manera cíclica, sin fin, una Rueda.
Es más, la idea de repetición se menciona en varias ocasiones gracias a los diálogos que mantiene con su primo James (seguidor de las enseñanzas de Buda). También gracias a la presencia del mar, del latido de las olas y el cambiante color de sus aguas que acompañan el relato.
Es increíble mi necesidad de dar muerte a varios personajes durante la lectura, me parecía la única manera de terminar con la sucesión de pensamientos obsesiva que mostraba el personaje. La muerte era el único final posible e Iris Murdoch nos ofrece esa salida con varios de ellos, sin llegar a ser el protagonista... que continúa con su delirio (el cual le mantiene vivo, alcanzarlo no sería la muerte? Tal como explica Lacan al definirnos como seres deseantes pero no poseedores del objeto de deseo).

James fue capaz de comprender qué objetos de deseo le hacían girar en la Rueda de la vida. Y una vez lo comprendió llegó al Nirvana (murió). Charles desea llegar ahí pero sigue rodando y rodando, un hombre neurotizado, rodeado y acompañado por sus demonios. Puede que cada uno de ellos sean los demás personajes del libro, puede que de trate de un Dante moderno y se encuentre descifrando cada círculo del infierno en busca de una Beatriz sin rostro, o puede que yo me reconozca demasiado como lector deseante y necesite llegar a ese final para poder cerrar el libro y descansar los ojos. Por fin.



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